- BIENVENIDOS -†††

No temo a las palabras de los enemigos, si no, al silencio de quienes dicen ser amigos. No temo a las mentiras de los traidores, si no, a la traición de los débiles. No temo al ataque de los mismos de siempre, si no, al ataque caprichoso de los cobardes y confundidos. No temo al horror, no temo al terror porque lo conocemos bien desde que nacemos, le temo a la esperanza y a la confianza, las mismas que se vuelven contra nosotros y nos hostigan hasta que morimos. Uno se acostumbra a seguir construyendo castillos de cristal en el aire, sin prever la tempestad.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

A los hijos:





Quienes fuesen nuestra única razón de vida
frente a tantos desganos, tantos males…
nuestra única verdadera alegría
frente a tantas lágrimas, tantos desmanes.
Muchas veces reflejamos nuestra juventud, que ya ha partido,
en las pupilas de sus inocentes miradas,
que para siempre mantendrán esa magia que tenían de niño,
que nace cada día en nuestros recuerdos,
cada mañana…

El tiempo vuela y ustedes son nuestras alas
el fruto de un amor incorporado a unas ilusiones enamoradas.
Son el resultado de dos vidas unidas en un mismo camino,
en una misma alegría,
un legado a futuro
de aquello que tanto soñamos de jóvenes…
crear vida, con lo que hemos aprendido.

Y que hoy les regalamos a ustedes,
como también les damos cuerpo y alma,
nuestras experiencias y rastros de sabiduría…

Las manecillas del reloj nunca van para atrás
y el tiempo ha moldeado nuestro rostro a su paso,
pero al tocar sus manos, al abrazar su cuerpo,
¡El mundo se detiene!
Es cierto…
por ustedes acá estamos y por siempre estaremos.

Son una gran parte de nosotros,
de nosotros lo son todo…
y por ello los amamos
aun sin importarnos que el reembolso sea poco.
Mucha felicidad nos devuelven al sonreír
al ver brillar esas pupilas que veíamos de bebés,
cuando sin saber hablar nos decían mucho
al sostener nuestra mano y a través de sus ojos poder ver…
¡Poder sentir!
aquella vida, aquella pureza
de un ser inocente, de una criatura hermosa,
florecido en el árbol de la subsistencia,
del fruto de un amor incondicional de dos personas…

Y ahora os toca a vosotros cuidarnos,
pues nuestros cuerpos han perdido su fuerza
mas nuestro espíritu rebalsa de voluntad
al ver que son buenas personas,
que son aquello que tanto deseamos…
y que bien valió la pena la espera.

Porque después de tanta vida,
debe llegar el anochecer para nosotros…
y no hay placer más grande para un padre
que el ser consciente de haber dejado una buena semilla
plantada en este viejo suelo seco
para la continuidad de un fuerte árbol
con un fuerte tronco y delicados
capullos de cereza.

No encuentro placer más grande hijo mío
que el ver tus ojos abrir por la mañana
brillar durante toda la tarde
y descansar por la noche
para volver a complacerme mañana por la mañana.





lunes, 8 de noviembre de 2010

A través de una ventana:




A veces se me da por mirar a través de los empañados vidrios de mi ventana. Ver a las personas pasar, las aves volar o el clima cambiar…
A veces se me da por pasarme horas frente a aquella vieja cristalería de mi ventana, sentir aquel frío del viento que no toca mi piel por chocar contra aquellos vidrios y así dejar volar mi imaginación entre fantasías y sueños que se reflejan en aquel opaco cristal.
La lluvia, a veces, invita al encuentro de mi taciturno espíritu con mis delirios, enlazando recuerdos con demencias de efímeros momentos soñados e instantes fugases vividos, siempre, apoyado contra el marco de mi ventana.

Ya lo dijo Baudelaire, una persona que mira a través de una ventana ve mucho más que aquel quien se encuentra fuera.
Pues así ha sido mi vida. Levantarme temprano para sentarme en mi viejo sillón de terciopelo violeta, fumar un cigarrillo por cada cuarto de hora y mirar… observar aquello que podría vivir pero, que sin embargo, solo prefiero solo espectar.
Muchas situaciones se han presentado ante mi mirada atenta, claro, el tiempo allí depositado no podría brindarme mucho más.
He visto el pasar de las estaciones, al sol radiante quemando mis pupilas en verano, la fragancia densa del polen inundando mis pulmones en primavera, las hojas bailando al son del viento pintadas cobrizas en otoño y la nieve empañando mi ventana en aquellos fríos inviernos.

En la primera estación solía ver la etapa más hermosa de la vida, la juventud.
Aquellos niños yendo de aquí para allá con sus tareas de fantasía y arrastrando junto a sus inocentes sonrisas, metas e ilusiones que al crecer inevitablemente olvidarían.
Eran pequeños frutos de un amor paternal, que ciegos ante el destino jugaban y corrían persiguiendo anhelos, fantasías y sueños que me hicieron recordar a mí cuando de niño también salía a jugar.

A veces en verano he podido ser testigo del amanecer de muchos romances, algunos con ocasos prematuros daban su acto final frente a mi hogar, no hacía más que mirar, sentado allí, como era que el caballero solía retirarse mientras la dama lloraba triste su pesar. Aunque también había otros amoríos que se enlazaban frente a mi mirada, se prometían jamás dejar. Era algo hermoso, algo que jamás pude experimentar…

Ya para cuando el otoño alfombraba los suelos con el follaje reseco de hojas doradas, podía sentarme a mirar cómo la lluvia se convertía en el escenario perfecto de la familia que, mojándose bajo el aguacero, trataba de vivir lo mejor posible entre problemas y crisis ajenos que los incluían...
Entre situaciones cotidianas de familia y sociedades, ¡cosas de la vida!, que yo jamás pude pasar; para bien o para mal.

Y cuando el invierno congelaba las ráfagas de vientos que sacudían atrozmente los árboles, podía ver cómo marchaban las caravanas de amigos y familiares despidiendo los restos de un ser querido que, luego de las cuatro estaciones, yacía en un cajón mortuorio marchando al cementerio de la ciudad.
Aunque aun en medio de las lágrimas, se notaba el acercar de la primavera en los ojos de los más inocentes, de los más pequeños, que caminaban lentos más atrás.

Sí, así fue cada año de mi vida, sentado en aquel suave sillón de terciopelo violeta, fumando como lenta sentencia de muerte y alimentándome una por una de las imágenes que la vida que yo no tenía llegaba a ofrecerme en mi descansar.
Por las noches soñaba, repasaba recuerdos en mi mente enferma, planeaba ataques a la realidad, pero luego de tomar unos calmantes me olvidaba por completo de ello.
Y al llegar la mañana ¡que feliz me ponía!
Apresurado iba a sentarme en mi lugar, para filtrar mi mirada a través de los vidrios empañados de mi hermoso ventanal.

A veces pensaba estar completamente loco, pero luego entendía mi entera cordura.
Yo no era el único en tal situación, muchos otros se han sentado en un cómodo sillón a ver la vida pasar, a mirar a través de una ventana de fantasía a aquella realidad que nunca vivirán.
A encerrarse del mundo, a escapar de él.
A intercambiar su vida por ser un simple espectador de aquello que los otros gozarán.
Luego de pensar en ello, me acomodé en mi espacio, es cierto, el sillón ya me quedaba algo pequeño, pero tenía frente a mí un hermoso ventanal de sedosas cortinas escarlatas y una caja de cigarrillos al lado mío; una copa de dulce vino tinto a mi costado y un libro en blanco que relataba así toda mi vida, mi cotidianeidad.

Tenía al universo frente a mi mirada y yo era aquel Dios que solo observaba
mientras los demás pasaban frente a mi ventana, ignorando a aquel alma expectante
que, como sombra a lo lejos, veía a la vida entera pasar...

Kenny.